Camineros, jícaras, verdugos / L. M. Rabanal

camineros, jícaras, verdugos, 1. PortadaJuly 8, 2008 6:42 pm

 Camineros, jícaras, verdugos, un libroblog de LUIS MIGUEL RABANAL

 

Camineros, jícaras, verdugos
© Luis Miguel Rabanal, 2008

Edita: Mikado Libroblogs
Nº 2 de la Colección Traviesas de Poesía

Prólogo: Òscar Solsona
Portada: Sobre Cel de març, un dibujo de Òscar Solsona
Al cuidado de esta edición: Eloísa Otero

1ª Edición: León, julio de 2008

 

camineros, jícaras, verdugos, 4. Dedicatoria 6:26 pm
 
 
 
Para Cristina Rabanal

In Memoriam
 

camineros, jícaras, verdugos, 5. Citas 6:25 pm
 
Tú duermes sobre una ventana desnuda y me olvidas.
Tiemblo cuando oigo unos pasos que sé que no son tus pasos.
Me siento al borde del camino y veo cómo pasa la muerte.

M. J. ROMERO

 
 
dime
¿durará este asombro?

B.  VARELA

camineros, jícaras, verdugos, 6. Poemas 1-17 6:25 pm

    1
Las palabras que no
se pronuncian,
los ojos aterrados
de noche.
La niña que no dice
su lección
ni su tedio.
Desde Montecorral
las lumbres
o, tal vez, su memoria.
Y el cuerpo
que faltaba
y las pastillas
de leche de burra
y el pesar de los otros.

    2
Detrás
de las casonas
el mismo silencio,
la misma algarabía.
Alguien sufre
y es impertinente
como su debilidad
y el hambre.
Nada ha sucedido,
desde entonces
los caminos
se llenaron de brea.
Al pasar, el Afilador
se estremece.


    3
Personajes tristes
que carecen
de cara,
el vaho de su aliento
se hiela de mañana
y no deja el capataz
de mover los hombros
así.
Se toparon con Daniel
borracho
o muerto
en la cuneta.
Arrojan sus azadas
día tras día,
al terminar,
sin desdén.

    4
        Madre, 1963

Sobre su mandil
tendido
llueven las migas
sutiles y aciagas
de la noche.
Don Melitón
tenía tres gatos.
Yo no estaba
allí,
o sí,
para saberlo.


    5
Los saúcos
y los mirlos de aquella.
Al atardecer
aviones
que dan susto,
miradas que ocultar
tras el sonrojo.
El amor con su
exultante mejilla
y su improperio.
La casa vieja,
los hermanos.
La nostalgia
que lo emborrona
todo.

    6
Hombres que suben
la cuesta,
les quema el vientre
y temblaban.
El caballero
de Nitrato de Chile
vigila sus pasos,
no van a volver.
El niño
de nuevo clava
en ella sus uñas,
lloraba y lloraba
como un descosido.
Hace tiempo
que no recuerdo eso,
se cree uno
infatigable y es
torpe.
La mujer que pinta
sus labios y cuenta
las horas y no está.


    7
Días azules
con las contras
echadas para el fresco.
Ella esperaba
a escondidas
a darte la peseta,
tú dudas entre hablar
o comerte las uñas.
La lluvia después
con sus risas
de chanza, días
felices para no ser
castigado.

    8
El niño que jamás
conociste.
Se supone
que la edad zozobró
con vosotros,
que la carne
abrasa sin más,
que no ardía.
En Valdaldón,
con sed,
los fusilados.
Escribir sus nombres
en papel mugriento
y no poderlos
revelar.
Al mirar su rostro
sin mirarte
te observa.


    9
El Hombre Foca
soporta en la palma
de la mano
al Padre Desiderio
tan gordo
en una silla.
Al anochecer será
el arado
de Quinín erguido
sobre el mentón.
Miércoles de feria
y el amor
que termine
igual que el mago
que fascina
con nosotros.

    10
La tinta
en los pupitres sucios
o el maestro
que golpea.
La saña
que se aventura
con la sangre de M.,
su cadáver delgado
nos parecía
tan próximo.
Un niño muerto
sin más
jeroglíficos.
Desde la Cornellana
el río sin agua,
tirabas las piedras
con rencor, contra él
y que nadie
supiese.


    11
Crece la hierba
sobre su sepultura
como si el destino
le hubiese taponado    
la boca.
Tardes de dormirse
en el suelo,
tardes de mucha
ceniza.
Desde la verja
reza su terrible
plegaria:
por qué te ibas
sin despedirte de mí.
Pasan las horas
y se acuerda
aún en su abrazo.
Han vuelto los grajos
a dar el tostón.

    12
        Madre, 1965

Que la congoja
cumpla su promesa,
se frote las manos
en tu costado.
Las cabras
de Juan Barbero.
La escalera
con ruidos y labores,
qué podrías urdir
para quererla más.
Él no anda
lejos, descubre
el cuerpo punzado,
la rudeza.
Déjame hacer tiempo,
lavar el pelo
con disgusto.
Cuando tú ya no
estés.


    13
Inicialmente
blanquear el tronco
de los árboles,
pintar los números
de rojo.
También le toca
al del nido
de la cigüeña.
Luego camiones
amarillos
con gravilla.
Máquinas negras,
y vapor y disputas.
Al final, individuos
ridículos rugían
que llegaba el progreso.
Con su olor
nauseabundo.

    14
Trancar la puerta
para que la soledad
no pase.
Después del verano
mortajas.
Líquidos, pócimas
con que aliviar esa
sequedad
tan extraña.
El amor que suda
en la frente,
que nos señala
con su dedo confuso.
Eras y no eras
el que abarcaba
los labios con miedo.
Con miedo
a gemir.


    15
Bajo los carteles
de Tintes Iberia
y Raky está
sentado el abuelo.
Él le habla
de boticas
y puntas de flecha
de paraguas viejos
para herir.
El anciano,
por primera vez
y en voz baja,
le narrará
de la muerte.
De su negro bostezo.

    16
Huevos aborrecidos
sin ti.
Sobre el Sardón
tormentas, ella
siempre avisaba
del peligro.
El niño que estorba
y es atado
otra vez a la mesa,
mientras lavan
en la presa sábanas
y culpas.
Creí ver una sombra
que espía, se atreve
contigo, se hará
pasar por bandolero.
Al día siguiente
otra sentencia,
marchabas
a la ciudad sin marcas.
Tendrían que esfumarse
el patio, las santas,
la capilla.


    17
El viajante revuelve
mercancías,
calzados extraños
y ajuares para pobres.
Platican ellos
del somatén que hubo,
de arcaicas escopetas
y de los presos
que ajusticiaron
por detrás.
La pequeña,
después la grande,
afuera tocaban
a difuntos.
Como una boba
letanía.

 

 

 

camineros, jícaras, verdugos, 7. Poemas 18-36 6:25 pm

    18    
Se conoce
que no era mejor
no decirlo,
o no haberlo soñado.
Temblor en la mano,
dolores ahí
y en cuanto a ella,
pregunta, pregúntale.
Ahora ya seré bueno,
tendré sumo cuidado
con los topos
y la fiebre.

    19
Amanece deprisa,
la salud
que se escapa
con sus lenguas
muy finas de trapo.
Los vencejos
se han ido,
hay pedos de lobo.
Hay niñas
que sollozan
por nada.
Mira su rostro,
ha visto algo allí
que no estaba
el domingo.
Se cree mayor
porque sabe palabras
antiguas, vulva
y corsarios.

    20
Toda la sabiduría
cabía en sus dedos,
no menospreciaba
tu voz
diminuta.
En Villaseca el verano.
Rolindes
y tú, 
porque la edad
se hacía la rara.
Minas vacías
y la certidumbre
de saberse feliz
de puntillas.
Borrar su nombre,
borrarlo
a conciencia
todo.

    21
        Madre, 1967

Daba pena
recordarlo, la mano
que sana y que cuida
es idéntica
a la que zarandea
y castiga.
Clavelitos.
Un cielo azul
para el que calla,
en tanto ella dice
el suficiente amor
de mentira.
También la besabas.

    22
El niño con su piedra
exagerada apunta
a ciegas:
las del poste
de la luz
eran blancas
y de vidrio verde
las de telégrafos.
Casi nunca acertaba.
Hubo una vez
y su princesa
besó su mejilla
al ofrecerle
los cachos.
Aquel hombre, vaya
por dios,
se lo describió
a Pilar con pelos
y señales.
El leproso,
la desabrida, la furiosa.

    23
La bruma
no confiaba
en que volvieses,
mojaba tus labios
como el sarampión.
Lo evoco
en tu regazo, vacío
de ti.
En la Arenera
vivían los trasgos
que tú sabes,
colmaban tus muslos
de salivas.
Conociste la suerte
una noche,
escapar de la burla
y así atragantarte
con su propio desvelo.
Te aprendes sus señas
para hacerle rabiar.
O no es eso.

    24
Cuerpos afines
plagados de úlceras.
Árboles en flor
para que desaparezcan
no mucho después
los nidos.
Él no cree
garabatear la culpa,
cierra sus ojos,
escupe.
Acacias que se obstinan
con su perfume
en no buscar
el pasado,
nadie ha venido.
Ni quedan letreros.   

    25
Signos que anuncian
la fatalidad
y el desorden, no
tienes por qué
ocultar esas voces
que malherían.
En el Pico de la Cerra
no le quedaba
al enemigo
más fuelle.
Parece patraña
tanta exactitud, ve
lo mismo que veías
con tus gafas
feas.
Será que así
la realidad se pospone,
se adormece
en tus párpados,
te salva.

    26
Consolaba pensar
en que alguna vez
terminaría.
Aquella tristeza
o el granizo
de súbito.
Que alguna vez
las huellas que ella
rechazaba conducirían
inefablemente
hasta ti.
Poco importa,
te creíste el héroe
que esparce
la catástrofe
sobre la tumba
de su perro Tom.
Se podría pensar
que no sería fácil
vivir de esa manera,
sin nada que poderte
perdonar,
como los tontos.

    27
El muchacho decide
entretanto que basta.
Que caducaban ya
sus miedos
y hartazgos.
Recuerda cuando
se reducía todo
a ser precavido.
La infancia que iba
a desnudarse
sin pudor, las horas
magníficas,
los amigos villanos.
Habrá que darse
prisa, es bueno
también no mirar.

    28
La costumbre era
conseguirlos el día
de la Fiesta, petardos
y bombas para obligar
a huir a los novios
más recalcitrantes.
Alguien acaricia
tu cabello, esto
aún te emociona.
Atravesar la calle
y que se confunda
la vergüenza contigo.
La tómbola de Juan
Pijón, las blandas
niñas de Ceide.

    29
Cruza los dedos
y mastica moras,
es la cantinela
del inútil,
del que no estaba allí
junto a quien agoniza.
Sabe de memoria
que nada fue preciso
salvo el orgullo.
Un año de nieves,
de no escasa barbarie
y de ninguna razón.
No lo quería, se
le ocurrió a las ocho,
una pésima hora
para los aparecidos.
Sonó ruido
en el tejado, lloriqueó
el pequeño.
Cada vez que lo piensa
acostumbra
a toser.

    30
        Madre, 1969

Tarareaba en silencio
para que escuchase
el otro.
El energúmeno,
el traidor mismamente.
En la plaza,
de día, correrá
el rumor del desnevio.
Yo vendo unos ojos
negros, quién.
Quién querrá saber
de la desesperación
todavía.

    31
Los palos
de cigüeña, el bote
o los cartones.
Jugaba a vivir
sin sudar mucho,
jugaba a ser
tan diferente
que no se le notara.
En la Otrera, muy
distante de aquí,
tampoco buscará
hoy el invierno
un culpable.

    32
Se serena de noche,
cuando la cabraloca
es el ama mayor
del destino:
ha podido fantasear
con balones de trapo,
muchachas sin nada
y una luz
de estraperlo.
Enumera las veces
que cayó de bruces
en ese mismo charco,
calcula las manos
que sobran.
Se tapa los ojos
porque hace más aire.
Aún le intimida
distinguir las voces
muy destempladas
de los muertos.

    33
Contra las tardes
de tristeza,
gusarapas y vino
quemado al llegar.
Bastaría su voz
para callarse siempre,
mereces la acritud
y el desprecio.
Sobre la boca
bailan acordes
obscenos, dejarse
abrazar
por chocolate.
Se le ve pensativo.
Es martes de carnaval
y no te vistes
con la ropa aplastada.
Contra las tardes
de tristeza,
ya digo,
lluvia de azúcar
y un sinfín de dolor.

    34
Es probable
que nunca más suceda,
arrojar morrillos
a la gente
desde las ventanas
tapiadas de las casas.
Alguien que sube
a buscarte,
tampoco hoy
estarás para ella.
Alguien que toma nota
de sus gritos promete
escarmientos.
Y qué
si ya no vives ahí
para contarlo,
si eres incapaz
de dormir.   

    35   
El que viene
de afuera
lava sus ojos
con abundante agua
de rocío.
El que anhelaba
sus muecas,
sus risas,
no habrá de tardar.
¿Quién fuiste
tú?

    36
Secaba sus lágrimas
y se hacía de noche
y daba ya igual.
El rencor
se cansaba de ti,
veía en tu pupila
las sacaveras.
Parecías mayor,
la niña
que se guarece
en tus brazos
ha sido abofeteada
y está pegajosa.
Abismos de luz, sin
amargos mordiscos
al deseo,
a su falda plisada,
a los brunos.

camineros, jícaras, verdugos, 8. Poemas 37-50 6:25 pm

    37
Cuellos de lana
para que no abrase
el frío los morros.
Se sabe que él
regresó de muy lejos
con pena.
Hay torva y la nieve
encrespa rencores.
En el barrio de Abajo
se secan la sangre
los centinelas.
Durante la noche
se oyeron ladridos
y llantos, ella dice
que no.
Cuellos de lana.

    38    
Canciones
para adiestrarse
con el apellido y si no
su exacta materia
de engañar.
Tardes con calentura,
y en la tenada
el polvo del tiempo.
No parlotearías
con el ausente,
no alcanzaba su mano
para acordarse.
El Hombre del Saco
miró en tus ojos,
o casi no pudo.


    39
El pequeño cuenta
sus cosas,
a trancas
y a barrancas decía
su amargura,
no probó la cuajada.
Con sus manos
heridas enmudece
si tú quieres
que lo haga.
Averigua de la muerte
poco, se asusta
con tu caos.
El pequeño cuenta
la lentitud
y el desgarro
por sus dedos sucios,
inventaba para ti
y a tu pesar
la vida.

    40
Agradece estar
solo, le cuesta eludir
los reproches.
En la Tejera
el ñubero enojado
velaba y velaba
montado
en una nube.
Advierte en el espejo
las nuevas arrugas,
era él quien lloraba
por la linterna
con óxido.
El viento que asciende
y abrasa la boca.
El muchacho
suele sentarse
frente a la casa,
aparenta ser feliz
pero sin serlo.
Con tantos embustes
tiene razón,
tiene en sus ojos
la virtud de curarte.
O si no, la cólera
de no haberlo sabido.


    41
Perdona perdona
perdona a tu pueblo
señor.
No sonaron más
las carracas.
Decían que Franco.
Intensos golpes
en el pecho, nada
de carne, nada
de besos con lengua.
En los escobales
mucha sombra,
sí, sí, mucho
pus.

    42
La calle que acecha
en silencio
cómo crecen tus pasos.
Asido a la pared
cuando hay ventisca
no mereces la horca
ni tampoco ese gesto.
Te santiguas
con rabia, escarbas
en tu nariz
diversos tesoros.
Pequeño ladrón
que guarda
en su hatillo una vaca
de goma, dos
cristales azules,
una muñeca
sin pies.


    43
Se les podía ver
juntando por doquier
las babas,
en noviembre
castañas pilongas
y todo el amor
en cuclillas.
Niños descalzos
y carámbanos
por chupar, niños
que enferman,
son noches
de décimas y ternura.
Nada en su boca
que delatara
tristeza, el reloj
ha sonado
otra vez.

    44
Rostros leales
que dibujaban
sobre la mesa
tres acertijos,
sin querer nos sacaron
los ojos.
Noches de chaparrón
y tormento,
el extraño medía
tu estatura, consentía
en mancar.
El cuco aguantaba,
suele ocurrir
cuando hay pereza
y estás solo.
En la hoja de papel
donde escribes
se acumula el barro,
al despuntar el día
encienden
el fuego.


    45 
            Madre, 2006

Nadie más va a cantar
para adormecerse
sin ti, cuando
el dolor
hace estragos
y las tardes sofocan,
dan vértigo.
Nadie más va a venir
a tu lado, deprisa
deprisa, no sea
que el tiempo
nos desnude,
nos tire
de la manga
como un dios odioso.
Solos tú y yo
condenados también
a no hablar.

    46
La soledad era
buscar ese bosque
donde no se encontrase
el secreto,
las manos salpicadas
de blanco.
En La Espina
se demoran los otros,
un maleta con el balón,
un niño turbio.
Alguna vez referirás
cosas que dan
sopor, el pájaro
de mal agüero
bebió
en tus llagas.


    47
El río congelado
y bajo la capa de hielo
los cachorros
de la perra de Luis.
Cada día era igual,
se cumplía el rito
con el pasamontañas
gastado.
Reconocerlos,
esparcidos
e inmóviles
en su solemnidad
más nueva.
Recordabas entonces
su piel
de otra forma,
eran tan pequeños.

    48
Tarde o temprano
te tendrían que ver,
te quitarían la goma,
te sacarían el unto.
Toda la infancia
para sentirte
descarriado,
el cuento
que ninguno supo
contar para ti.
Pobre diablo,
cada balbuceo
que oyes te acerca
a aquella casa,
se enfurece contigo.


    49
Soñabas las llamas
con que mitigar
la sensación
de frío.
Que se quemasen    
el comedor, la portería,
los lavabos.
Que sus mártires
se calcinasen tan bien,
Úriz y Silva,
el Cocodrilo,
los reverendos.
Soñabas
no regresar allí
pero nada sucedía.
Ellos te aguardaban
con sus correazos,
con su mugre.

    50
Cincuenta años como cincuenta
pesadumbres hondas.

El que espera a ser disuelto por la luz
aún no ha venido, se asemeja a ti
cuando sonríes
y renuncias.

Callan las palabras, saben tu nombre
de memoria, simulan decirte
lo que querrás escuchar.

Alguien espala la nieve
para que vuelvas a Olleir
y hay fantasmas que sería preferible
no verlos.

Son horas tachadas:
camineros
          jícaras
               verdugos.

camineros, jícaras, verdugos, 9. Colofón 6:23 pm

 

 camineros,

        jícaras,

                    verdugos

 

pequeños esbozos o apuntes verticales
que escribí durante 2007
con Olleir al fondo

L.M.R. 

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 Mikado Libroblogs / Colección Traviesas de Poesía

Se terminó de editar este libroblog
nº 2 de la colección Traviesas de Poesía
en León, el 8 de julio de 2008 

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 Colección Traviesas de Poesía

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Nº 2

LUIS MIGUEL RABANAL
 LUIS MIGUEL
RABANAL 

Traviesas de Poesía