37
Cuellos de lana
para que no abrase
el frío los morros.
Se sabe que él
regresó de muy lejos
con pena.
Hay torva y la nieve
encrespa rencores.
En el barrio de Abajo
se secan la sangre
los centinelas.
Durante la noche
se oyeron ladridos
y llantos, ella dice
que no.
Cuellos de lana.

    38    
Canciones
para adiestrarse
con el apellido y si no
su exacta materia
de engañar.
Tardes con calentura,
y en la tenada
el polvo del tiempo.
No parlotearías
con el ausente,
no alcanzaba su mano
para acordarse.
El Hombre del Saco
miró en tus ojos,
o casi no pudo.


    39
El pequeño cuenta
sus cosas,
a trancas
y a barrancas decía
su amargura,
no probó la cuajada.
Con sus manos
heridas enmudece
si tú quieres
que lo haga.
Averigua de la muerte
poco, se asusta
con tu caos.
El pequeño cuenta
la lentitud
y el desgarro
por sus dedos sucios,
inventaba para ti
y a tu pesar
la vida.

    40
Agradece estar
solo, le cuesta eludir
los reproches.
En la Tejera
el ñubero enojado
velaba y velaba
montado
en una nube.
Advierte en el espejo
las nuevas arrugas,
era él quien lloraba
por la linterna
con óxido.
El viento que asciende
y abrasa la boca.
El muchacho
suele sentarse
frente a la casa,
aparenta ser feliz
pero sin serlo.
Con tantos embustes
tiene razón,
tiene en sus ojos
la virtud de curarte.
O si no, la cólera
de no haberlo sabido.


    41
Perdona perdona
perdona a tu pueblo
señor.
No sonaron más
las carracas.
Decían que Franco.
Intensos golpes
en el pecho, nada
de carne, nada
de besos con lengua.
En los escobales
mucha sombra,
sí, sí, mucho
pus.

    42
La calle que acecha
en silencio
cómo crecen tus pasos.
Asido a la pared
cuando hay ventisca
no mereces la horca
ni tampoco ese gesto.
Te santiguas
con rabia, escarbas
en tu nariz
diversos tesoros.
Pequeño ladrón
que guarda
en su hatillo una vaca
de goma, dos
cristales azules,
una muñeca
sin pies.


    43
Se les podía ver
juntando por doquier
las babas,
en noviembre
castañas pilongas
y todo el amor
en cuclillas.
Niños descalzos
y carámbanos
por chupar, niños
que enferman,
son noches
de décimas y ternura.
Nada en su boca
que delatara
tristeza, el reloj
ha sonado
otra vez.

    44
Rostros leales
que dibujaban
sobre la mesa
tres acertijos,
sin querer nos sacaron
los ojos.
Noches de chaparrón
y tormento,
el extraño medía
tu estatura, consentía
en mancar.
El cuco aguantaba,
suele ocurrir
cuando hay pereza
y estás solo.
En la hoja de papel
donde escribes
se acumula el barro,
al despuntar el día
encienden
el fuego.


    45 
            Madre, 2006

Nadie más va a cantar
para adormecerse
sin ti, cuando
el dolor
hace estragos
y las tardes sofocan,
dan vértigo.
Nadie más va a venir
a tu lado, deprisa
deprisa, no sea
que el tiempo
nos desnude,
nos tire
de la manga
como un dios odioso.
Solos tú y yo
condenados también
a no hablar.

    46
La soledad era
buscar ese bosque
donde no se encontrase
el secreto,
las manos salpicadas
de blanco.
En La Espina
se demoran los otros,
un maleta con el balón,
un niño turbio.
Alguna vez referirás
cosas que dan
sopor, el pájaro
de mal agüero
bebió
en tus llagas.


    47
El río congelado
y bajo la capa de hielo
los cachorros
de la perra de Luis.
Cada día era igual,
se cumplía el rito
con el pasamontañas
gastado.
Reconocerlos,
esparcidos
e inmóviles
en su solemnidad
más nueva.
Recordabas entonces
su piel
de otra forma,
eran tan pequeños.

    48
Tarde o temprano
te tendrían que ver,
te quitarían la goma,
te sacarían el unto.
Toda la infancia
para sentirte
descarriado,
el cuento
que ninguno supo
contar para ti.
Pobre diablo,
cada balbuceo
que oyes te acerca
a aquella casa,
se enfurece contigo.


    49
Soñabas las llamas
con que mitigar
la sensación
de frío.
Que se quemasen    
el comedor, la portería,
los lavabos.
Que sus mártires
se calcinasen tan bien,
Úriz y Silva,
el Cocodrilo,
los reverendos.
Soñabas
no regresar allí
pero nada sucedía.
Ellos te aguardaban
con sus correazos,
con su mugre.

    50
Cincuenta años como cincuenta
pesadumbres hondas.

El que espera a ser disuelto por la luz
aún no ha venido, se asemeja a ti
cuando sonríes
y renuncias.

Callan las palabras, saben tu nombre
de memoria, simulan decirte
lo que querrás escuchar.

Alguien espala la nieve
para que vuelvas a Olleir
y hay fantasmas que sería preferible
no verlos.

Son horas tachadas:
camineros
          jícaras
               verdugos.