1
Las palabras que no
se pronuncian,
los ojos aterrados
de noche.
La niña que no dice
su lección
ni su tedio.
Desde Montecorral
las lumbres
o, tal vez, su memoria.
Y el cuerpo
que faltaba
y las pastillas
de leche de burra
y el pesar de los otros.

    2
Detrás
de las casonas
el mismo silencio,
la misma algarabía.
Alguien sufre
y es impertinente
como su debilidad
y el hambre.
Nada ha sucedido,
desde entonces
los caminos
se llenaron de brea.
Al pasar, el Afilador
se estremece.


    3
Personajes tristes
que carecen
de cara,
el vaho de su aliento
se hiela de mañana
y no deja el capataz
de mover los hombros
así.
Se toparon con Daniel
borracho
o muerto
en la cuneta.
Arrojan sus azadas
día tras día,
al terminar,
sin desdén.

    4
        Madre, 1963

Sobre su mandil
tendido
llueven las migas
sutiles y aciagas
de la noche.
Don Melitón
tenía tres gatos.
Yo no estaba
allí,
o sí,
para saberlo.


    5
Los saúcos
y los mirlos de aquella.
Al atardecer
aviones
que dan susto,
miradas que ocultar
tras el sonrojo.
El amor con su
exultante mejilla
y su improperio.
La casa vieja,
los hermanos.
La nostalgia
que lo emborrona
todo.

    6
Hombres que suben
la cuesta,
les quema el vientre
y temblaban.
El caballero
de Nitrato de Chile
vigila sus pasos,
no van a volver.
El niño
de nuevo clava
en ella sus uñas,
lloraba y lloraba
como un descosido.
Hace tiempo
que no recuerdo eso,
se cree uno
infatigable y es
torpe.
La mujer que pinta
sus labios y cuenta
las horas y no está.


    7
Días azules
con las contras
echadas para el fresco.
Ella esperaba
a escondidas
a darte la peseta,
tú dudas entre hablar
o comerte las uñas.
La lluvia después
con sus risas
de chanza, días
felices para no ser
castigado.

    8
El niño que jamás
conociste.
Se supone
que la edad zozobró
con vosotros,
que la carne
abrasa sin más,
que no ardía.
En Valdaldón,
con sed,
los fusilados.
Escribir sus nombres
en papel mugriento
y no poderlos
revelar.
Al mirar su rostro
sin mirarte
te observa.


    9
El Hombre Foca
soporta en la palma
de la mano
al Padre Desiderio
tan gordo
en una silla.
Al anochecer será
el arado
de Quinín erguido
sobre el mentón.
Miércoles de feria
y el amor
que termine
igual que el mago
que fascina
con nosotros.

    10
La tinta
en los pupitres sucios
o el maestro
que golpea.
La saña
que se aventura
con la sangre de M.,
su cadáver delgado
nos parecía
tan próximo.
Un niño muerto
sin más
jeroglíficos.
Desde la Cornellana
el río sin agua,
tirabas las piedras
con rencor, contra él
y que nadie
supiese.


    11
Crece la hierba
sobre su sepultura
como si el destino
le hubiese taponado    
la boca.
Tardes de dormirse
en el suelo,
tardes de mucha
ceniza.
Desde la verja
reza su terrible
plegaria:
por qué te ibas
sin despedirte de mí.
Pasan las horas
y se acuerda
aún en su abrazo.
Han vuelto los grajos
a dar el tostón.

    12
        Madre, 1965

Que la congoja
cumpla su promesa,
se frote las manos
en tu costado.
Las cabras
de Juan Barbero.
La escalera
con ruidos y labores,
qué podrías urdir
para quererla más.
Él no anda
lejos, descubre
el cuerpo punzado,
la rudeza.
Déjame hacer tiempo,
lavar el pelo
con disgusto.
Cuando tú ya no
estés.


    13
Inicialmente
blanquear el tronco
de los árboles,
pintar los números
de rojo.
También le toca
al del nido
de la cigüeña.
Luego camiones
amarillos
con gravilla.
Máquinas negras,
y vapor y disputas.
Al final, individuos
ridículos rugían
que llegaba el progreso.
Con su olor
nauseabundo.

    14
Trancar la puerta
para que la soledad
no pase.
Después del verano
mortajas.
Líquidos, pócimas
con que aliviar esa
sequedad
tan extraña.
El amor que suda
en la frente,
que nos señala
con su dedo confuso.
Eras y no eras
el que abarcaba
los labios con miedo.
Con miedo
a gemir.


    15
Bajo los carteles
de Tintes Iberia
y Raky está
sentado el abuelo.
Él le habla
de boticas
y puntas de flecha
de paraguas viejos
para herir.
El anciano,
por primera vez
y en voz baja,
le narrará
de la muerte.
De su negro bostezo.

    16
Huevos aborrecidos
sin ti.
Sobre el Sardón
tormentas, ella
siempre avisaba
del peligro.
El niño que estorba
y es atado
otra vez a la mesa,
mientras lavan
en la presa sábanas
y culpas.
Creí ver una sombra
que espía, se atreve
contigo, se hará
pasar por bandolero.
Al día siguiente
otra sentencia,
marchabas
a la ciudad sin marcas.
Tendrían que esfumarse
el patio, las santas,
la capilla.


    17
El viajante revuelve
mercancías,
calzados extraños
y ajuares para pobres.
Platican ellos
del somatén que hubo,
de arcaicas escopetas
y de los presos
que ajusticiaron
por detrás.
La pequeña,
después la grande,
afuera tocaban
a difuntos.
Como una boba
letanía.