18
Se conoce
que no era mejor
no decirlo,
o no haberlo soñado.
Temblor en la mano,
dolores ahí
y en cuanto a ella,
pregunta, pregúntale.
Ahora ya seré bueno,
tendré sumo cuidado
con los topos
y la fiebre.
19
Amanece deprisa,
la salud
que se escapa
con sus lenguas
muy finas de trapo.
Los vencejos
se han ido,
hay pedos de lobo.
Hay niñas
que sollozan
por nada.
Mira su rostro,
ha visto algo allí
que no estaba
el domingo.
Se cree mayor
porque sabe palabras
antiguas, vulva
y corsarios.
20
Toda la sabiduría
cabía en sus dedos,
no menospreciaba
tu voz
diminuta.
En Villaseca el verano.
Rolindes
y tú,
porque la edad
se hacía la rara.
Minas vacías
y la certidumbre
de saberse feliz
de puntillas.
Borrar su nombre,
borrarlo
a conciencia
todo.
21
Madre, 1967
Daba pena
recordarlo, la mano
que sana y que cuida
es idéntica
a la que zarandea
y castiga.
Clavelitos.
Un cielo azul
para el que calla,
en tanto ella dice
el suficiente amor
de mentira.
También la besabas.
22
El niño con su piedra
exagerada apunta
a ciegas:
las del poste
de la luz
eran blancas
y de vidrio verde
las de telégrafos.
Casi nunca acertaba.
Hubo una vez
y su princesa
besó su mejilla
al ofrecerle
los cachos.
Aquel hombre, vaya
por dios,
se lo describió
a Pilar con pelos
y señales.
El leproso,
la desabrida, la furiosa.
23
La bruma
no confiaba
en que volvieses,
mojaba tus labios
como el sarampión.
Lo evoco
en tu regazo, vacío
de ti.
En la Arenera
vivían los trasgos
que tú sabes,
colmaban tus muslos
de salivas.
Conociste la suerte
una noche,
escapar de la burla
y así atragantarte
con su propio desvelo.
Te aprendes sus señas
para hacerle rabiar.
O no es eso.
24
Cuerpos afines
plagados de úlceras.
Árboles en flor
para que desaparezcan
no mucho después
los nidos.
Él no cree
garabatear la culpa,
cierra sus ojos,
escupe.
Acacias que se obstinan
con su perfume
en no buscar
el pasado,
nadie ha venido.
Ni quedan letreros.
25
Signos que anuncian
la fatalidad
y el desorden, no
tienes por qué
ocultar esas voces
que malherían.
En el Pico de la Cerra
no le quedaba
al enemigo
más fuelle.
Parece patraña
tanta exactitud, ve
lo mismo que veías
con tus gafas
feas.
Será que así
la realidad se pospone,
se adormece
en tus párpados,
te salva.
26
Consolaba pensar
en que alguna vez
terminaría.
Aquella tristeza
o el granizo
de súbito.
Que alguna vez
las huellas que ella
rechazaba conducirían
inefablemente
hasta ti.
Poco importa,
te creíste el héroe
que esparce
la catástrofe
sobre la tumba
de su perro Tom.
Se podría pensar
que no sería fácil
vivir de esa manera,
sin nada que poderte
perdonar,
como los tontos.
27
El muchacho decide
entretanto que basta.
Que caducaban ya
sus miedos
y hartazgos.
Recuerda cuando
se reducía todo
a ser precavido.
La infancia que iba
a desnudarse
sin pudor, las horas
magníficas,
los amigos villanos.
Habrá que darse
prisa, es bueno
también no mirar.
28
La costumbre era
conseguirlos el día
de la Fiesta, petardos
y bombas para obligar
a huir a los novios
más recalcitrantes.
Alguien acaricia
tu cabello, esto
aún te emociona.
Atravesar la calle
y que se confunda
la vergüenza contigo.
La tómbola de Juan
Pijón, las blandas
niñas de Ceide.
29
Cruza los dedos
y mastica moras,
es la cantinela
del inútil,
del que no estaba allí
junto a quien agoniza.
Sabe de memoria
que nada fue preciso
salvo el orgullo.
Un año de nieves,
de no escasa barbarie
y de ninguna razón.
No lo quería, se
le ocurrió a las ocho,
una pésima hora
para los aparecidos.
Sonó ruido
en el tejado, lloriqueó
el pequeño.
Cada vez que lo piensa
acostumbra
a toser.
30
Madre, 1969
Tarareaba en silencio
para que escuchase
el otro.
El energúmeno,
el traidor mismamente.
En la plaza,
de día, correrá
el rumor del desnevio.
Yo vendo unos ojos
negros, quién.
Quién querrá saber
de la desesperación
todavía.
31
Los palos
de cigüeña, el bote
o los cartones.
Jugaba a vivir
sin sudar mucho,
jugaba a ser
tan diferente
que no se le notara.
En la Otrera, muy
distante de aquí,
tampoco buscará
hoy el invierno
un culpable.
32
Se serena de noche,
cuando la cabraloca
es el ama mayor
del destino:
ha podido fantasear
con balones de trapo,
muchachas sin nada
y una luz
de estraperlo.
Enumera las veces
que cayó de bruces
en ese mismo charco,
calcula las manos
que sobran.
Se tapa los ojos
porque hace más aire.
Aún le intimida
distinguir las voces
muy destempladas
de los muertos.
33
Contra las tardes
de tristeza,
gusarapas y vino
quemado al llegar.
Bastaría su voz
para callarse siempre,
mereces la acritud
y el desprecio.
Sobre la boca
bailan acordes
obscenos, dejarse
abrazar
por chocolate.
Se le ve pensativo.
Es martes de carnaval
y no te vistes
con la ropa aplastada.
Contra las tardes
de tristeza,
ya digo,
lluvia de azúcar
y un sinfín de dolor.
34
Es probable
que nunca más suceda,
arrojar morrillos
a la gente
desde las ventanas
tapiadas de las casas.
Alguien que sube
a buscarte,
tampoco hoy
estarás para ella.
Alguien que toma nota
de sus gritos promete
escarmientos.
Y qué
si ya no vives ahí
para contarlo,
si eres incapaz
de dormir.
35
El que viene
de afuera
lava sus ojos
con abundante agua
de rocío.
El que anhelaba
sus muecas,
sus risas,
no habrá de tardar.
¿Quién fuiste
tú?
36
Secaba sus lágrimas
y se hacía de noche
y daba ya igual.
El rencor
se cansaba de ti,
veía en tu pupila
las sacaveras.
Parecías mayor,
la niña
que se guarece
en tus brazos
ha sido abofeteada
y está pegajosa.
Abismos de luz, sin
amargos mordiscos
al deseo,
a su falda plisada,
a los brunos.